empous el de los pies de asno
Carlos era magallanero. Yo era Bob Abreu. Cuando me di cuenta de quién era él no me importó; éramos amigos. Nos conocimos mientras compraba barajitas, a la salida del colegio. Esa primera vez comenzamos mal: nos tropezamos tontamente. Él me chocó con el pie izquierdo y yo con el derecho. Luego tuvimos que soltarnos, literalmente. Y no exagero. Nos enredamos de tal forma el uno con el otro que creí perderme entre sus brazos y piernas. Hasta que por fin nos pusimos de pie y nos dimos la mano como queriendo decir gracias, por un momento sentí mucho miedo y ganas de llorar, pero ninguno dijo nada, sólo nos separamos.
Carlos esperó a sus papás justo al lado del quiosco de barajitas, junto a la maestra. Yo, un poco más ágil que él, caminé hasta la puerta del colegio.
Ese día mi mamá como siempre venía tarde por la cola. Los papás de Carlos, por el contrario, llegaron ahí mismo en el carro y se lo llevaron a jalones. La maestra no se dio cuenta del carro que venía de frente y del susto cayó al suelo y se puso a llorar. De pronto salieron detrás de Carlos como veinte motos y carros. Pero enseguida llegó mi mamá y, con los nervios de punta entre manos y brazos, me apretó fuerte contra sus senos, casi llorando.
Le iba a contar todo a mi mamá pero me dijo: – Ahorita no, mi vida, estoy atacada del susto. Luego intentó sonreír al mirarme a los ojos; pero parecía sonámbula: manejaba a la vez que daba vueltas a su cabeza hacia el ruido de las sirenas. Entonces llamó a la tía Moraima y comenzó a gritar y a mover los brazos como loca mientras yo veía en suspenso los árboles y las pancartas pegadas a los lados. Cómo se llamaba Carlos, antes de llamarse Carlos –pensé mientras veía recuerdos en mi mente. Felipe. Juan. Pedro. Santiago.
Alguien se robó el niño de los Seijas –dijo mi mamá en voz alta.
Yo me quedé ahí de brazos cruzados; malhumorado. No sabía cómo decirle que me había tropezado con él mientras la esperaba. Y peor aún, no sabía cómo confesar el mal que le había hecho, o lo que traía entre manos. Hasta que finalmente estiré la mano y se lo mostré, sin verla siquiera. Liberada del susto, mi mamá se echó a reír. Porque yo era Bob Abreu y la barajita que Carlos había comprado antes de tropezar con él era de Johan Santana.
Carlos era magallanero. Yo era Bob Abreu. Cuando me di cuenta de quién era él no me importó; éramos amigos. Nos conocimos mientras compraba barajitas, a la salida del colegio. Esa primera vez comenzamos mal: nos tropezamos tontamente. Él me chocó con el pie izquierdo y yo con el derecho. Luego tuvimos que soltarnos, literalmente. Y no exagero. Nos enredamos de tal forma el uno con el otro que creí perderme entre sus brazos y piernas. Hasta que por fin nos pusimos de pie y nos dimos la mano como queriendo decir gracias, por un momento sentí mucho miedo y ganas de llorar, pero ninguno dijo nada, sólo nos separamos.
Carlos esperó a sus papás justo al lado del quiosco de barajitas, junto a la maestra. Yo, un poco más ágil que él, caminé hasta la puerta del colegio.
Ese día mi mamá como siempre venía tarde por la cola. Los papás de Carlos, por el contrario, llegaron ahí mismo en el carro y se lo llevaron a jalones. La maestra no se dio cuenta del carro que venía de frente y del susto cayó al suelo y se puso a llorar. De pronto salieron detrás de Carlos como veinte motos y carros. Pero enseguida llegó mi mamá y, con los nervios de punta entre manos y brazos, me apretó fuerte contra sus senos, casi llorando.
Le iba a contar todo a mi mamá pero me dijo: – Ahorita no, mi vida, estoy atacada del susto. Luego intentó sonreír al mirarme a los ojos; pero parecía sonámbula: manejaba a la vez que daba vueltas a su cabeza hacia el ruido de las sirenas. Entonces llamó a la tía Moraima y comenzó a gritar y a mover los brazos como loca mientras yo veía en suspenso los árboles y las pancartas pegadas a los lados. Cómo se llamaba Carlos, antes de llamarse Carlos –pensé mientras veía recuerdos en mi mente. Felipe. Juan. Pedro. Santiago.
Alguien se robó el niño de los Seijas –dijo mi mamá en voz alta.
Yo me quedé ahí de brazos cruzados; malhumorado. No sabía cómo decirle que me había tropezado con él mientras la esperaba. Y peor aún, no sabía cómo confesar el mal que le había hecho, o lo que traía entre manos. Hasta que finalmente estiré la mano y se lo mostré, sin verla siquiera. Liberada del susto, mi mamá se echó a reír. Porque yo era Bob Abreu y la barajita que Carlos había comprado antes de tropezar con él era de Johan Santana.
empous el de los pies de asno

