EL MUNDO ES UNA GRAN MENTIRA

es una máquina ignominiosa, gobernada por hideputas y tirada por asnos.

Un As bajo la manga

empous el de los pies de asno
Carlos era magallanero. Yo era Bob Abreu. Cuando me di cuenta de quién era él no me importó; éramos amigos. Nos conocimos mientras compraba barajitas, a la salida del colegio. Esa primera vez comenzamos mal: nos tropezamos tontamente. Él me chocó con el pie izquierdo y yo con el derecho. Luego tuvimos que soltarnos, literalmente. Y no exagero. Nos enredamos de tal forma el uno con el otro que creí perderme entre sus brazos y piernas. Hasta que por fin nos pusimos de pie y nos dimos la mano como queriendo decir gracias, por un momento sentí mucho miedo y ganas de llorar, pero ninguno dijo nada, sólo nos separamos.

Carlos esperó a sus papás justo al lado del quiosco de barajitas, junto a la maestra. Yo, un poco más ágil que él, caminé hasta la puerta del colegio.

Ese día mi mamá como siempre venía tarde por la cola. Los papás de Carlos, por el contrario, llegaron ahí mismo en el carro y se lo llevaron a jalones. La maestra no se dio cuenta del carro que venía de frente y del susto cayó al suelo y se puso a llorar. De pronto salieron detrás de Carlos como veinte motos y carros. Pero enseguida llegó mi mamá y, con los nervios de punta entre manos y brazos, me apretó fuerte contra sus senos, casi llorando.

Le iba a contar todo a mi mamá pero me dijo: – Ahorita no, mi vida, estoy atacada del susto. Luego intentó sonreír al mirarme a los ojos; pero parecía sonámbula: manejaba a la vez que daba vueltas a su cabeza hacia el ruido de las sirenas. Entonces llamó a la tía Moraima y comenzó a gritar y a mover los brazos como loca mientras yo veía en suspenso los árboles y las pancartas pegadas a los lados. Cómo se llamaba Carlos, antes de llamarse Carlos –pensé mientras veía recuerdos en mi mente. Felipe. Juan. Pedro. Santiago.

Alguien se robó el niño de los Seijas –dijo mi mamá en voz alta.

Yo me quedé ahí de brazos cruzados; malhumorado. No sabía cómo decirle que me había tropezado con él mientras la esperaba. Y peor aún, no sabía cómo confesar el mal que le había hecho, o lo que traía entre manos. Hasta que finalmente estiré la mano y se lo mostré, sin verla siquiera. Liberada del susto, mi mamá se echó a reír. Porque yo era Bob Abreu y la barajita que Carlos había comprado antes de tropezar con él era de Johan Santana.
empous el de los pies de asno

Se nos vino encima

empous el de los pies de asno
Era medianoche y todos estábamos mudos porque mi papá no regresaba.

- ¿Por qué no están durmiendo? Que les dije.

Oímos ruidos en la calle y todos fuimos a ver. Cuál ladró cientos de veces, mientras corría como loco por entre las piernas de la tía Clara.

- Otra vez viene vestido de mugre – dijo la tía Marta cruzándose de brazos. ¿Hasta cuándo vas a soportar vivir así?

Alguien anocheció de malas –se burló mi mamá. Y ustedes hediondos a sumidero y yo aquí preocupada de que les hubiera pasado algo.
- Es que no sabes… -dijo mi papá. El mundo se nos vino encima.
- No sólo el mundo –dijo mi tío Eladio, con un dejo de asombro; algo mucho peor. Fuimos literalmente sepultados en la basura.
- ¡Uy, sí! Caímos de cabeza en un hueco de escombros en mitad del Llenadero.
- Así mismito, yo sentí un temblor bajo mis pies y justo en ese momento caí.
- Pero todo fue culpa mía –dijo mi papá. Me quedé como un zamuro viendo este mamarro de perol recién tirado a la basura, y justo pensé en Andresito.
- Sí, yo también la vi y me eché a correr. Luego caímos.
- Metimos la pata –dijo papá. Las cuatro.
- Las ocho, diría yo. Porque yo también estuve ahí.

Sin saberlo mi papá nos trajo dos regalos esa navidad: el primero, un televisor requetegrande para mi hermana y para mí; y el segundo, una larga hilera de camiones que llegó a la casa pasar la noche de navidad.

Esa medianoche todos se quedamos a dormir. Mi mamá y mi papá durmieron abrazados en su cuarto. Mis tías, en la sala. En tanto mi hermana y yo no nos separamos ni un segundo. Dormimos con los ojos abiertos, pegados al televisor que nos trajo mi papá.
empous el de los pies de asno
empous el de los pies de asno

La piel del Rey

empous el de los pies de asno
Personajes:
El Rey
La Reina
La Princesa
Un Bufón

Prólogo
BUFÓN: (vestido de un rojo intenso) Érase una vez un rey tan pero tan tonto que su primer ministro era un señor burro y su reina una horrible anciana, con enormes orejas y pies de estiércol. Perdón por decirles el final de esta historia, pero a los bufones nos está prohibido contar cuentos de príncipes y princesas que vivieron felices para siempre.

Escena I
Una canción de cuna.
Luz tenue.
Y una camita de oro.

REINA: (vestida de negro) Mira su dedito, mi vida.
REY: (vestido del color de la luna) Sí, es el dedito más hermoso del mundo.
REINA: ¿Quién puede igualar su belleza?
REY: Ni siquiera tu…
REINA: (con un dejo de envidia) Sí, mi vida, ni siquiera yo.

Escena II
Una canción fúnebre.
Luz mortecina.
Y una cama de oro.


REINA: (agonizante) Antes de morir, quiero pedirte una cosa: si deseas volver a casarte…
REY: (afligido) No, no, mi amada, háblame más bien de seguirte.
REINA: El Estado…
REY: No hables... vuestro rey te lo ordena.
REINA: No tengo mucho tiempo, mi vida. Por mi culpa, sólo has tenido una hija. Y ahora el Estado te habrá de exigir un sucesor antes de que culmine el año. Quiero que busques una esposa, la más hermosa que haya en el mundo, una más hermosa que yo. Sólo eso te pido. Nuestra hija no merece una madre fea e indigna de ella, y de toda nuestra agraciada progenie. Prométemelo.
REY: Te lo prometo, mi vida; mas no quiero pensar en eso ahora.

Entra la Princesa.

REINA: Ah mi amada hija. Ya eres toda una mujer. (Pausa) Pronto te casarás y te irás de aquí, junto al príncipe de tus sueños. Sin embargo, te pido (cogiéndola de la mano) no dejes que tu padre permanezca mucho tiempo solo y afligido. Cuando yo muera, tú debes consolarlo, hija mía.
PRINCESA: (con un dejo de soberbia) No tengo un amor más grande en este mundo que mi padre. Él tendrá una mujer aún más bella que tú, madre.
REINA: (sonriente) Es lo que estaba deseando.

La reina tose con todas sus fuerzas, muerde las sábanas. Inexpresiva, ve al público; muere.

REY: (abrazando a la reina) Moriré aquí de pena y vergüenza. (Pausa larga. Dejándola en la cama) La piel de asno me viene a la medida: soy rey y hombre a la vez. Por eso pienso que no tengo otro remedio que ir contra natura: por ser quien soy y por obediencia a las leyes, me veo en la obligación de casarme con una mujer de mayor belleza a la vuestra. Y mucho me temo que no haya en este mundo otra mujer que te iguale en belleza, amada mía.
PRINCESA: (orgullosa) Otra mujer como mi madre debe estar a tu lado. Lo mismo que hoy, mañana puede esperar tu decisión; pero el Estado te exigirá un sucesor y no veo en el futuro un destino mejor para ninguno de los dos.
REY: (desconcertado) No trato de ocultar mi mala educación en esto, pero soy de poco ver en asuntos de tanta importancia. Y sin embargo, lo que dices me resulta igual o peor a lo que divisé justo antes de verte a los ojos.
PRINCESA: (se coloca en el dedo el anillo de la reina) Ahora soy la mujer más hermosa que hayas visto.
REY: Mier… (Hablando para sí) La suerte va siempre de ida y vuelta. Ahora el Estado es mi juez y yo un señor burro de pies de estiércol.
EMPOUS EL DE LOS PIES DE ASNO

Septiembre

Empous el de los pies de asno
Tres veces tu mirada sencilla
empoussss tu beso de viento enamorado
empoussss tu sonrisa de viejos amores

A ti te nombra la luna mediana,
empousssssssla calidez de cientos de ojos recién nacidos
empousssssssla sabia palabra de la piel agreste de cientos de abuelos por morir

Tu edad no conoce monstruos como yo,
el de los pies de asnsssssssoespejismos como yo,
mas si supieras cuántos monstruos y espejismos he visto partir junto a ti,
no dudaría en darte el mundo y la mayor victoria con un mañana te veré a mi lado siendo mi amada inmortal.


Hoy celebro que sigo siendo resplandor del voluminoso ayer
Todo lo que siento por ti me dice tengo fe en lo que sigue…
si te pienso a mi costado más estrecho… no dudo que soy de carne y hueso

Esta ofrenda es una palabra de sí, mi yayi…
Hasta la huida-en-descenso-hacia-la-muerte te veré florecer mi eterna flor de bucare.

No hay prisa.
No quiero regresar a la noche antes de tiempo.
Solo espero un cielo de mil espigas que estreche mis brazos hacia ti
Para siempre.
empous el de los pies de asno
empous

A las Escondidas

EMPOUS EL DE LOS PIES DE ASNO
– Muy bien, niños…

El maestro di violino solía pasar horas en la Pietá. Iba de un lugar a otro, hojeando su libro de música. Caritá, nos decía. Aquí tenéis pan y abrigo. Allá afuera ni siquiera eso. La mirada del maestro Vivaldi se quedaba en nosotros, hasta que finalmente decía: aquí seréis buenos espíritus. Allá afuera a lo sumo seréis ratones de canaleta. Dios los trajo hasta aquí por una razón: la música. El maestro hablaba siempre aprisa. Caminaba sin descanso, de aquí para allá, o alrededor del clavecín, mientras preguntaba y se respondía a sí mismo. Este oboe cuesta no menos de ocho ducados. Esta flauta no menos de tres. ¿Cuánto nos vale su sonido? La respuesta está aquí y aquí.

El maestro enseñaba violín, viola y clavecín de siete a once, canto llano y de contrapunto de una a seis. Durante toda la semana no hacíamos otra cosa que oír nuestras voces en el claustro de música. A mí me gustaba mucho el tono brillante de Anna, su voz me hacía sentir contenta al escucharla. No así el tono fuerte de Addo: su voz me hacía estremecer y, muy en el fondo, me lastimaba. Giovanni, por su parte, era el favorito del maestro: su tono tranquilo iluminaba su rostro. Magnificat anima mea Dominum, decía. Proclama mi alma la grandeza del Señor. Aunque no muy diferente a la de Anna, mi voz era triste; una nube negra entre las otras voces del coro.

***
Nuestro claustro en el Ospedale terminaba apenas el maestro Vivaldi subía al carruaje rumbo a Vicenza, o Roma. En ese momento, nuestro azor-centinela, Giovanni, coreaba altos y bajos en señal de libertad y convocatoria. Durante toda la noche jugábamos a las escondidas, y lo hacíamos bajo rústicos envoltorios de sombra y disfraces. Yo los pintaba a todos de colorete rojo y blanco, como si fueran señoras nobles de Venecia. Giovanni, por su propia cuenta, se disfrazaba de obispo jorobado. En tanto, Addo envolvía su rostro de tigre, de corso-tigre, como era su nombre verdadero entre los antiguos venecianos.
Cincuenta y tantos huérfanos vivíamos en la Pietá y todos, menos Anna, jugábamos a las escondidas por todos los rincones del Ospedale. Anna nos veía y se volteaba: permanecía todo el tiempo paraba frente a la ventana. Esperaba al maestro di violino.

Los chicos de la orquesta les parecía gravísimo nuestro bullicio. Les gustaba jugar, y vestirse de señores de Venecia o pintar de sombra sus caras tullidas por la inmundicia y el frío. Por las noches, Giovanni, Addo y yo íbamos hasta sus camas y los hacíamos correr de miedo. Envueltos en montones de trapos, salíamos a medianoche a dar pasos de gusano por todos los pisos y la cocina: a las niñas recién salidas de los canales las asustábamos con echarlas al río; en la cocina nos robábamos el pan y la mantequilla.

A todos nos gustaba jugar a las escondidas: yo corría al clavecín del maestro, y no salía hasta que Giovanni tosía tres veces seguidas en señal de rendición. Escondernos era un arte de oídos sordos en el Ospedale de la pietá. En ocasiones, mi voz triste se oía falsa, la de Giovanni, en cambio, siempre lucía filosa, perforante.
Anna sólo cantaba para el maestro Vivaldi. Desconocía las idas, pero sabía mucho de regresos venturosos. Anna amaba con locura al maestro di violino.
Addo no cantó nunca más con nosotros ni con los chicos de la orquesta: volvió al canal vestido de corso-tigre.

Afuera deletreo C-a-r-i-t-á. Un ruido de oboes se pierde entre las migajas de lluvia.

– Llegó Vivaldi –dijo Anna.
– Ya estamos todos –dije yo, mirando de reojo a Giovanni.
– Apuesto a que sí –dijo el maestro di violino vestido de Quijote, como antes.

El Ocio


La Bruja del Arete de Perla

yoel villa
- ¿Qué te gustaría ser cuando seas grande?
- Una bruja, pensé.

Carlitos abrazó al tío Julio, y dijo: Yo quiero ser piloto de carreras.
La tía Angélica arrugó la cara, y dijo: Si serás ignorante, niño, con lo peligro que es eso.

Juliana respondió de segunda: Bailarina, tía.
- Claro, mi niña. Una muñequita como tú tiene que ser bailarina.
Juliana no quería ser bailarina. Dijo eso sólo para ganarse a mi tía.

A los seis años mamá Tristana nos llevó al Teatro Teresa Carreño. Entramos, compramos los tickets, subimos las escaleras mecánicas, y pasamos no sé cuantas horas allí. Esa vez a las dos nos vistieron de blanco, con flecos, luces y escarcha. Juliana no paraba de sonreír: se veía como una bailarina de ballet.

Cuando salíamos, un carro largo y de puertas enormes se detuvo frente a nosotras, y mamá Tristana toda contenta nos dijo que la señora que venía en el carro era la misma que había bailado esa noche y, enseguida, nos mostró su foto colgada en el techo del teatro.

- ¿Quién de ustedes quiere ser prima ballerina? –preguntó.
- Juliana –dijo mamá Tristana, señalándome a mí.
- Entonces necesitarás esto más que yo –dijo la señora de la foto, arrogándome un arete de perla a los pies.

Es una bruja, pensé, imitando a la abuela Crista: sólo una vez en la vida puedes verlas, me decía siempre, si ves su rostro arder tapa los tuyos así, mas no las veas a los ojos o hará de ti una piedra de moler.

Mama recogió el arete y se lo dio a Juliana en vez de a mí. La envidia que sentí aquel día por Juliana se volvió con el tiempo una serpiente en mi cabeza. La odiaba con todas mis fuerzas. Era graciosa, y a todos hacía reír. Cantaba. Bailaba. Y además de eso, actuaba como las más bonitas actrices de la tele. En cambio, a Carlitos y a mí nadie nos quería. Por ser testarudos, por estar mugrosos, por tener piojos, por hacer maldades todo el tiempo. Juliana era los ojos del abuelo Luciano. La princesa de mama Tristana. La muñequita blanca del tío Lucio. La prima ballerina de la tía Angélica.

Un año después, mamá nos vistió de lycra a mi hermana y a mí, y nos dijo: Hoy iremos al teatro, niñas. Y esta vez quiero que bailen. Háganlo por mí, ¿sí? Juliana con su cara de munequita rusa me veía a los ojos y apretaba los dientes para no reírse. La odiaba por cómo se reía mientras mamá Tristana ciega de sueños no paraba de hablar y hablar acerca de que mi hermana y yo debíamos aprender a bailar de puntillas.

Cuando llegamos al teatro, había cientos de niñas y niños vestido de lycra también. Esta vez no pagamos entrada. Hicimos una cola de no sé cuantos escalones, hasta finalmente ubicarnos en los asientos de adelante. Mamá Tristana nos susurraba palabras que no significaban nada entre tanta gente. De repente una mujer de piel muy blanca apareció de entre las cortinas y la música que venía desde el fondo de la sala, y dijo: Desde hacía un año las esperaba. Muchas gracias a todos por venir. Sin duda, hoy tenemos un hermoso ramo de flores entre manos. Juliana llevaba puesto el arete de perla y lucía hermosa.

- A ver, niñas, hagan una fila, por favor –dijo una muchacha de cuello muy largo.
- Antes de comenzar, me gustaría escuchar sus nombres –dijo la bruja del arete de perla, mirándonos a todas. Las dos primeras pasaron muy deprisa. Dijeron sus nombres y salieron corriendo. Amelia. Beatriz. Juliana pasó de tercera. Julia… ¡Juliana!

- ¿Dijiste Juliana?
- Es mi hija –dijo mamá Tristana de entre el público.

En ese momento comprendí de qué se trataba aquel engaño. La bruja de los cielos ateridos había vuelto por mí. O, mejor dicho, por Juliana, por traer puesto el arete de perla ese día. Cuando oí el nombre, salté por sobre las otras niñas y halé a mi hermana con todas mis fuerzas, y le dije: Yo soy Juliana. Usté vino por mí.

- ¿Y cómo sabes que vine por ti?
- Porque sí –dije yo, lloriqueando.
- Pues yo vine por una bailarina para mi espectáculo y tú pareces ser una muy buena.
- Yo no bailo… –dije.
- Juliana es mi hija, la otra –gritó mamá Tristana.
- Entonces ¿quién eres tú?
- Juliana –dije yo, mirándola fijamente a los ojos.
- Por favor, niñas, no tengo tiempo para sus tonterías.
- Yo soy Juliana –dijo mi hermana, furiosa. Y tengo este arete de perlas para probarlo.

Ese día recibí un castigo de no sé cuánto tiempo sin tele, ni salidas al parque. Juliana no me habló nunca más. Y aunque siguió bailando, su vida era aquel arete de perla pegado a su oreja. Sin esperanza ni perdón, la casa se volvió en un lugar frío. Hoy cumplí once años, y sin embargo todo sigue igual que siempre. Excepto por cómo me siento: ahora soy sólo un cuerpo rocoso, pegado a la acera de la casa, viendo el aleteo lento de las mariposas al pasar.

La Enfermedad

Cría Cuervos

Eugenio vivió toda su infancia pegado a las faldas de mama Yaya. Tu casa está puertas adentro. Quédate allí siempre. La casa Courbet devoraba sus días como si fuera prisionero en el castillo de un rey malvado. Sólo una lámpara de gas inspiraba a veces su curiosidad durante las largas noches de invierno; sólo una vecina muchedumbre de hormigas hacía las veces de una sociedad memorable.

- Te está prohibido salir –le recordaba siempre mama Yaya. Puedes corretear por todos los rincones de la casa, pero te está prohibido salir.

Hace nueve años, Eduardo Courbet lo trajo en brazos. Una noche de larga lluvia, Monsieur Courbet, con su pequeño farol de ronda en la mano, se acercó a las caballerizas y de entre los pies de un caballo furibundo vislumbró la cabeza de un niño lleno de sangre y estiércol. El niño se había lastimado un ojo y la cara con sus pequeños dedos puntiagudos.

La imagen de aquel niño embadurnado de sangre se convertiría en un signo de infortunio para Monsieur Courbet. En tres años, enviudó cuatro veces. Enfermó de fiebre amarilla. Y, pues, como era de esperarse, perdió toda su fortuna en juegos de azar.

- Pero mira quién viene ahí –decía Monsieur Courbet–, mi gatico negro de la mala suerte.

- Mientras este pobre niño no pueda defenderse, ni usted ni nadie podrá acercársele. Él vivirá en la cocina y usted lejos de él.
- Cría cuervos… -refunfuñó Monsieur Courbet.

Mama Yaya siempre cubría los deditos de Eugenio con gruesas vendas blancas. Apenas y se los dejaba ver cuando rompía el grosor de las vendas o sangraba.

A eso se refería Monsieur Courbet cuando hablaba de “Criar cuervos”. Tarde o temprano, Eugenio se convertiría en un hombre y ya no podría mantenerlo a salvo entre las cuatro paredes de aquella casa. Monsieur Courbet lo quería a su manera. Nueve años atrás lo había salvado de morir de frío bajo la lluvia y ahora lo quería salvar de algo mucho peor: el mundo afuera.

Un año más tarde, llegó a la Casa Courbet Mademoiselle Olimpia. Una hermosa dama de sandalias de bronce, de quién se rumoreaba vivía con un tal Manet, pero que ahora Monsieur Courbet la presentaba como su futura esposa. Eugenio jamás había visto una mujer con ojos tan negros. La piel de mama Yaya apenas y se la podía comparar. La primera y única vez que la vio sus pequeños ojos se abrieron como una sombra maciza en la pared. La vio a escondidas, por entre la rendija de la puerta, mientras los invitados a la fastuosa recepción celebraban con máscaras y bailes su exuberante belleza.

La casa Courbet se transformó en un carnaval. Poetas, bailarines y monos de feria desfilaron alegres por todas las habitaciones de la casa. Mademoiselle Olimpia parecía una diosa, sentada a la luz de las velas, mientras mama Yaya le traía a sus ojos cientos de obsequios y flores, enviados por señores burgueses, ministros y embajadores.

- Eres la mujer más hermosa del mundo –alcanzó a oír Eugenio, detrás de la puerta.

- Hay que inmortalizar tu belleza, mi querida Olimpia. Si quieres te pinto desnuda –dijo el tal Manet, con una risa cruel e inhumana.
- Yo soy Helena de Troya –exclamó Mademoiselle Olimpia, despojándose de la bata de cola que siempre traía puesta.

Mama Yaya la vio con ojos de vergüenza; pero, siguió trayéndole flores a la dama desnuda. Por su parte, el tal Manet decidió seguirle el juego a Mademoiselle Olimpia y comenzó a hacer falsas pinceladas en el aire, en tanto veía a Monsieur Courbet y se ría.

Eugenio vio en aquel gesto un propósito de maldad y salió de entre las sombras gritando como loco, a la vez que correteaba a todos los invitados esgrimiendo sus deditos como punzantes cuchillos de caza. Todos huyeron despavoridos, con la sola excepción del Monsieur Courbet y mama Yaya. Eugenio había seguido, sin duda, los pasos de aquel caballo que una noche lo trajo a las caballerizas, perseguido por sombras de una oscuridad más firme, por hormigas de otros tiempos.

El Gato de Hegel

La tempestad trae gatos.

El Donaire

Aristófanes se complacía refiriendo, entre carcajadas homéricas, la sumersión de los enanos en una ciénaga después de su brava resistencia en un bosque de lirios y azafranes.

Los enanos habrían salido vencedores sin la animadversión de unas grullas de pico incisivo, autoras de lesiones incurables.

Los enanos corrieron a salvarse en la nave de los argonautas y confesaron el origen de su infortunio. Habían imitado de modo risueño el paso de Empous, una larva coja, de pies de asno.




El Duelo

La dama sucumbe en la sala del piso de pórfido, al lado de su lebrel blanco. Ha divisado en la penumbra de los aposentos la figura mortal de Empous, una larva de ojos de envidia y cabeza de asno, repulsada por Mefistófeles.

Diálogo Primario

EMPUSA:

¡Te saluda Empusa, tu primita, tu colega con pies de asno! Tú sólo tienes un casco de caballo, pero, con todo, recibe mi saludo, primo.

MEFISTÓFELES:


Aquí creí que sólo había desconocidos, pero por desgra­cia encuentro parientes próximos: esto es como hojear un viejo libro, no hago nada más que encontrar primos, del Harz hasta la Hélade.

EMPUSA:


Yo sé obrar decidida y con rapidez. Podría transformarme en muchas cosas, pero ahora, en honor vuestro, me he puesto la cabeza de burro.

MEFISTÓFELES:


Parece que para esta gente el parentesco es algo muy im­portante. Pero pasara lo que pasara, me negaría a llevar cabeza de asno.

LAMIAS:

Deja a ese ser repugnante que provoca espanto. Todo aquello que se adivina y puede ser agradable y bueno de­saparece en cuanto ella irrumpe.

MEFISTÓFELES:


También me resultan sospechosas esas primitas tiernas y delicadas; detrás de esas mejillas como rosas presiento metamorfosis.

Entre Sombras

RULFO:

Maestro, soy yo, Rulfo. Que bueno que ya llegó. Usted sabe cómo lo estimamos y lo admiramos.

BORGES:

Finalmente, Rulfo. Ya no puedo ver un país, pero lo puedo escuchar. Y escucho tanta amabilidad. Ya había olvidado la verdadera dimensión de esta gran costumbre. Pero no me llame Borges y menos «maestro», dígame Jorge Luis.

RULFO:

Qué amable. Usted dígame entonces Juan.

BORGES:

Le voy a ser sincero. Me gusta más Juan que Jorge Luis, con sus cuatro letras tan breves y tan definitivas. La brevedad ha sido siempre una de mis predilecciones.

RULFO:


No, eso sí que no. Juan cualquiera, pero Jorge Luis, sólo Borges.

BORGES:

Usted tan atento como siempre. Dígame, ¿cómo ha estado últimamente?

RULFO:

¿Yo? Pues muriéndome, muriéndome por ahí.

BORGES:

Entonces no le ha ido tan mal.

RULFO:

¿Cómo así?

BORGES:

Imagínese, don Juan, lo desdichado que seríamos si fuéramos inmortales.

RULFO:

Sí, verdad. Después anda uno por ahí muerto haciendo como si estuviera uno vivo.

BORGES:

Le voy a confiar un secreto. Mi abuelo, el general, decía que no se llamaba Borges, que su nombre verdadero era otro, secreto. Sospechoso que se llamaba Pedro Páramo. Yo entonces soy una reedición de lo que usted escribió sobre los de Comala.

RULFO:

Así ya me puedo morir en serio.

Prometeo en Llamas

Prometeo en Llamas

Diccionario Apócrifo

CASCARÓN:

natural de Cáscara; persona muy pobre a quien se le permite vivir a las afueras de la ciudad; infeliz.

EMPUSA:

diosa luminosa del inframundo; espantajo del séquito de Hécate.

MATRIMONIO:

unión entre una mujer encantadora y un hombre enamorado; castigo per secula seculorum.

PARIENTE:

dícese de la persona inevitable que vive del árbol caído.

POLICIA:

cuerpo de rostro no humano cuya respuesta a todo es cállate o te rompo el culo a patadas; malnacido.

SUEGRA:

vieja barbuda que se deleita en atormentar a los hombres; espíritu maligno.

Creación in Vitrum

Creación in Vitrum
EL MUNDO ES ASÍ:

gira y gira obstinadamente hasta que finalmente se detiene y se rompe .

Entra en la Noche mi Palabra

Entra en la Noche mi Palabra

La Última Palabra

El verdadero Dios de esta tierra, el que esperáis que aparezca, vendrá traído en hombros de dolorosos días.
¡Olvidad vuestros dioses caducos, vuestros dioses finitos!

¿Duele a vuestro espíritu que os diga lo que está por venir? Arderá la tierra y habrá círculos blancos en el cielo.

Chorreará la amargura, mientras la abundancia se consume.

Arderá la tierra y arderá la guerra de opresión. La época se hundirá entre graves trabajos. Será el tiempo del dolor, del llanto y la miseria.