yoel villa
- ¿Qué te gustaría ser cuando seas grande?
- Una bruja, pensé.
Carlitos abrazó al tío Julio, y dijo: Yo quiero ser piloto de carreras.
- ¿Qué te gustaría ser cuando seas grande?
- Una bruja, pensé.
Carlitos abrazó al tío Julio, y dijo: Yo quiero ser piloto de carreras.
La tía Angélica arrugó la cara, y dijo: Si serás ignorante, niño, con lo peligro que es eso.
Juliana respondió de segunda: Bailarina, tía.
- Claro, mi niña. Una muñequita como tú tiene que ser bailarina.
Juliana respondió de segunda: Bailarina, tía.
- Claro, mi niña. Una muñequita como tú tiene que ser bailarina.
Juliana no quería ser bailarina. Dijo eso sólo para ganarse a mi tía.
A los seis años mamá Tristana nos llevó al Teatro Teresa Carreño. Entramos, compramos los tickets, subimos las escaleras mecánicas, y pasamos no sé cuantas horas allí. Esa vez a las dos nos vistieron de blanco, con flecos, luces y escarcha. Juliana no paraba de sonreír: se veía como una bailarina de ballet.
Cuando salíamos, un carro largo y de puertas enormes se detuvo frente a nosotras, y mamá Tristana toda contenta nos dijo que la señora que venía en el carro era la misma que había bailado esa noche y, enseguida, nos mostró su foto colgada en el techo del teatro.
- ¿Quién de ustedes quiere ser prima ballerina? –preguntó.
- Juliana –dijo mamá Tristana, señalándome a mí.
- Entonces necesitarás esto más que yo –dijo la señora de la foto, arrogándome un arete de perla a los pies.
Es una bruja, pensé, imitando a la abuela Crista: sólo una vez en la vida puedes verlas, me decía siempre, si ves su rostro arder tapa los tuyos así, mas no las veas a los ojos o hará de ti una piedra de moler.
Mama recogió el arete y se lo dio a Juliana en vez de a mí. La envidia que sentí aquel día por Juliana se volvió con el tiempo una serpiente en mi cabeza. La odiaba con todas mis fuerzas. Era graciosa, y a todos hacía reír. Cantaba. Bailaba. Y además de eso, actuaba como las más bonitas actrices de la tele. En cambio, a Carlitos y a mí nadie nos quería. Por ser testarudos, por estar mugrosos, por tener piojos, por hacer maldades todo el tiempo. Juliana era los ojos del abuelo Luciano. La princesa de mama Tristana. La muñequita blanca del tío Lucio. La prima ballerina de la tía Angélica.
Un año después, mamá nos vistió de lycra a mi hermana y a mí, y nos dijo: Hoy iremos al teatro, niñas. Y esta vez quiero que bailen. Háganlo por mí, ¿sí? Juliana con su cara de munequita rusa me veía a los ojos y apretaba los dientes para no reírse. La odiaba por cómo se reía mientras mamá Tristana ciega de sueños no paraba de hablar y hablar acerca de que mi hermana y yo debíamos aprender a bailar de puntillas.
Cuando llegamos al teatro, había cientos de niñas y niños vestido de lycra también. Esta vez no pagamos entrada. Hicimos una cola de no sé cuantos escalones, hasta finalmente ubicarnos en los asientos de adelante. Mamá Tristana nos susurraba palabras que no significaban nada entre tanta gente. De repente una mujer de piel muy blanca apareció de entre las cortinas y la música que venía desde el fondo de la sala, y dijo: Desde hacía un año las esperaba. Muchas gracias a todos por venir. Sin duda, hoy tenemos un hermoso ramo de flores entre manos. Juliana llevaba puesto el arete de perla y lucía hermosa.
- A ver, niñas, hagan una fila, por favor –dijo una muchacha de cuello muy largo.
- Antes de comenzar, me gustaría escuchar sus nombres –dijo la bruja del arete de perla, mirándonos a todas. Las dos primeras pasaron muy deprisa. Dijeron sus nombres y salieron corriendo. Amelia. Beatriz. Juliana pasó de tercera. Julia… ¡Juliana!
- ¿Dijiste Juliana?
- Es mi hija –dijo mamá Tristana de entre el público.
En ese momento comprendí de qué se trataba aquel engaño. La bruja de los cielos ateridos había vuelto por mí. O, mejor dicho, por Juliana, por traer puesto el arete de perla ese día. Cuando oí el nombre, salté por sobre las otras niñas y halé a mi hermana con todas mis fuerzas, y le dije: Yo soy Juliana. Usté vino por mí.
- ¿Y cómo sabes que vine por ti?
- Porque sí –dije yo, lloriqueando.
- Pues yo vine por una bailarina para mi espectáculo y tú pareces ser una muy buena.
- Yo no bailo… –dije.
- Juliana es mi hija, la otra –gritó mamá Tristana.
- Entonces ¿quién eres tú?
- Juliana –dije yo, mirándola fijamente a los ojos.
- Por favor, niñas, no tengo tiempo para sus tonterías.
- Yo soy Juliana –dijo mi hermana, furiosa. Y tengo este arete de perlas para probarlo.
Ese día recibí un castigo de no sé cuánto tiempo sin tele, ni salidas al parque. Juliana no me habló nunca más. Y aunque siguió bailando, su vida era aquel arete de perla pegado a su oreja. Sin esperanza ni perdón, la casa se volvió en un lugar frío. Hoy cumplí once años, y sin embargo todo sigue igual que siempre. Excepto por cómo me siento: ahora soy sólo un cuerpo rocoso, pegado a la acera de la casa, viendo el aleteo lento de las mariposas al pasar.
A los seis años mamá Tristana nos llevó al Teatro Teresa Carreño. Entramos, compramos los tickets, subimos las escaleras mecánicas, y pasamos no sé cuantas horas allí. Esa vez a las dos nos vistieron de blanco, con flecos, luces y escarcha. Juliana no paraba de sonreír: se veía como una bailarina de ballet.
Cuando salíamos, un carro largo y de puertas enormes se detuvo frente a nosotras, y mamá Tristana toda contenta nos dijo que la señora que venía en el carro era la misma que había bailado esa noche y, enseguida, nos mostró su foto colgada en el techo del teatro.
- ¿Quién de ustedes quiere ser prima ballerina? –preguntó.
- Juliana –dijo mamá Tristana, señalándome a mí.
- Entonces necesitarás esto más que yo –dijo la señora de la foto, arrogándome un arete de perla a los pies.
Es una bruja, pensé, imitando a la abuela Crista: sólo una vez en la vida puedes verlas, me decía siempre, si ves su rostro arder tapa los tuyos así, mas no las veas a los ojos o hará de ti una piedra de moler.
Mama recogió el arete y se lo dio a Juliana en vez de a mí. La envidia que sentí aquel día por Juliana se volvió con el tiempo una serpiente en mi cabeza. La odiaba con todas mis fuerzas. Era graciosa, y a todos hacía reír. Cantaba. Bailaba. Y además de eso, actuaba como las más bonitas actrices de la tele. En cambio, a Carlitos y a mí nadie nos quería. Por ser testarudos, por estar mugrosos, por tener piojos, por hacer maldades todo el tiempo. Juliana era los ojos del abuelo Luciano. La princesa de mama Tristana. La muñequita blanca del tío Lucio. La prima ballerina de la tía Angélica.
Un año después, mamá nos vistió de lycra a mi hermana y a mí, y nos dijo: Hoy iremos al teatro, niñas. Y esta vez quiero que bailen. Háganlo por mí, ¿sí? Juliana con su cara de munequita rusa me veía a los ojos y apretaba los dientes para no reírse. La odiaba por cómo se reía mientras mamá Tristana ciega de sueños no paraba de hablar y hablar acerca de que mi hermana y yo debíamos aprender a bailar de puntillas.
Cuando llegamos al teatro, había cientos de niñas y niños vestido de lycra también. Esta vez no pagamos entrada. Hicimos una cola de no sé cuantos escalones, hasta finalmente ubicarnos en los asientos de adelante. Mamá Tristana nos susurraba palabras que no significaban nada entre tanta gente. De repente una mujer de piel muy blanca apareció de entre las cortinas y la música que venía desde el fondo de la sala, y dijo: Desde hacía un año las esperaba. Muchas gracias a todos por venir. Sin duda, hoy tenemos un hermoso ramo de flores entre manos. Juliana llevaba puesto el arete de perla y lucía hermosa.
- A ver, niñas, hagan una fila, por favor –dijo una muchacha de cuello muy largo.
- Antes de comenzar, me gustaría escuchar sus nombres –dijo la bruja del arete de perla, mirándonos a todas. Las dos primeras pasaron muy deprisa. Dijeron sus nombres y salieron corriendo. Amelia. Beatriz. Juliana pasó de tercera. Julia… ¡Juliana!
- ¿Dijiste Juliana?
- Es mi hija –dijo mamá Tristana de entre el público.
En ese momento comprendí de qué se trataba aquel engaño. La bruja de los cielos ateridos había vuelto por mí. O, mejor dicho, por Juliana, por traer puesto el arete de perla ese día. Cuando oí el nombre, salté por sobre las otras niñas y halé a mi hermana con todas mis fuerzas, y le dije: Yo soy Juliana. Usté vino por mí.
- ¿Y cómo sabes que vine por ti?
- Porque sí –dije yo, lloriqueando.
- Pues yo vine por una bailarina para mi espectáculo y tú pareces ser una muy buena.
- Yo no bailo… –dije.
- Juliana es mi hija, la otra –gritó mamá Tristana.
- Entonces ¿quién eres tú?
- Juliana –dije yo, mirándola fijamente a los ojos.
- Por favor, niñas, no tengo tiempo para sus tonterías.
- Yo soy Juliana –dijo mi hermana, furiosa. Y tengo este arete de perlas para probarlo.
Ese día recibí un castigo de no sé cuánto tiempo sin tele, ni salidas al parque. Juliana no me habló nunca más. Y aunque siguió bailando, su vida era aquel arete de perla pegado a su oreja. Sin esperanza ni perdón, la casa se volvió en un lugar frío. Hoy cumplí once años, y sin embargo todo sigue igual que siempre. Excepto por cómo me siento: ahora soy sólo un cuerpo rocoso, pegado a la acera de la casa, viendo el aleteo lento de las mariposas al pasar.
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